María José Ferrada: «La infancia es el momento en que con las pocas palabras que se tienen se busca un sentido a la existencia con mucha intensidad»
Periodista y escritora chilena, María José Ferrada es una atenta observadora del mundo infantil al momento de crear historias para niños, niñas y jóvenes (y no tan jóvenes).
Desde títulos de narrativa hasta otros donde prima la poesía, la autora aborda temáticas como los miedos a la hora de apagar la luz, las cosas aparentemente imperceptibles que se esconden detrás de la experiencia cotidiana, las historias de infancias migrantes o el sufrimiento en contextos de dictadura, por mencionar algunas.
En esta entrevista, María José Ferrada, recientemente nominada al Premio Hans Christian Andersen 2026, profundiza en los elementos presentes en su obra y que cobran vida en libros «que puedan acompañar a niños y niñas en sus momentos alegres y en sus momentos tristes».
La autora, además, comenta acerca del oficio mismo de escritora de literatura infantil y juvenil, las nuevas necesidades presentes en las salas de clases y se toma un momento para recordar un libro en el que su protagonista «cometía un error; obsesionarse con unas zapatillas que terminaban siendo una muy mala idea».
¿Qué detalles o a qué momentos o características del mundo infantil observas a la hora de escribir una obra dirigida a las infancias?
Me interesa sobre todo el tiempo en que niños y niñas intentan comprender cómo funciona el mundo. Esos años en que no es tan claro para qué sirven las cosas y la lámpara, por ejemplo, podría ser perfectamente un gran insecto luminoso. Es también el momento en que con las pocas palabras que se tienen se busca un sentido a la existencia con mucha intensidad: nadie se pregunta con tanta seriedad como un niño o una niña qué hace en este mundo o qué pasará cuando él o sus padres ya no estén. Creo que los adultos, cuando intentamos encontrar una respuesta a esas cosas, nos perdemos en el lenguaje, pero el niño no tiene esa posibilidad, así que puede llegar a lugares muy profundos.
En tu obra se puede apreciar una diversidad de géneros y estilos, pero también se puede observar una primacía de la poesía y la narrativa infantil y juvenil, incluso abordando temáticas como los miedos, las cosas cotidianas ocultas, las niñas y niños ejecutados o detenidos desaparecidos en dictadura, o la experiencia de infancias migrantes, entre otras. ¿Sientes que en tu obra te distancias de una versión «infantilizadora» o «racionalizadora» de la poesía y narrativa para niñas y niños?
No soy la persona más adecuada para juzgar mi trabajo, porque estoy muy cerca. Lo que sé es que trato de escribir libros que puedan acompañar a los niños y niñas en sus momentos alegres y en sus momentos tristes. Hay mucha soledad en los niños y eso es algo muy serio, entonces intento no pensar en mí cuando escribo, tampoco en la literatura, sino en hacer algo que acompañe a esos lectores y que lo haga de la manera más cercana posible. Cuando yo era niña los libros fueron para mí una especie de amigos. Y pasa que los amigos, si son buenos, te acompañan en la alegría y en la tristeza. Pensando en eso, escribo libros que intentan ser divertidos –por estos meses sigo trabajando en las historias de un zorro que vuela con ayuda de su mochila– pero sé que también los niños sufren cada día muchas injusticias, entonces trato de no pasar eso por alto. Cuando estás triste, tenga la edad que tengas, y ves que a tu alrededor todo es alegría, te sientes peor, porque piensas que sólo te pasa a ti y que eres raro. Yo quisiera decirle a los niños y niñas que efectivamente en la vida existe esa tristeza, que todos experimentamos de vez en cuando, con mayor o menor intensidad, pero que también podemos aspirar a encontrarle un sentido a nuestra existencia y a ser felices a nuestra manera.
Recientemente has sido nominada al Premio Hans Christian Andersen 2026, un reconocimiento al que sólo otra chilena ha estado nominada: la ilustradora y autora Paloma Valdivia. ¿Crees que ha cambiado la valorización de la literatura —e ilustración— infantil y juvenil chilena en el país y el extranjero? ¿Por qué?
Agradezco mucho a IBBY Chile la nominación, porque es un premio que ha reconocido a autores que han sido muy importantes para muchos niños y niñas. En ese sentido es una gran alegría. Y creo que la única valoración que podría comentar es la que he observado que hace este tipo particular de lector. Me parece que es una valoración distinta a la que hacen los adultos. Un niño o una niña no dicen: esta semana voy a leer a una escritora chilena. Ni siquiera conocen el nombre del autor que leen y eso, entre otras muchas cosas, hace que este sea un género diferente a la literatura para adultos. Nosotros nos acercamos a los niños y niñas en cada libro como si fuera el primero. Y son libros que se leen muchas veces seguidas y que luego quedan olvidados, para siempre, en el canasto de los juguetes. Entonces eso te da otra manera de mirar el oficio. En mi caso, intento no olvidarme de que los clásicos de nuestra literatura –la literatura infantil– tienen su origen en las historias de la tradición oral que se contaban no en los lugares cultos, sino en las cocinas del pueblo o en los cuentos de animales que contó, hace dos mil quinientos años, ese esclavo griego llamado Esopo, pensando no en los niños, sino en el ser humano. Se trata de historias llenas de una especie de esperanza rebelde –en las que siempre triunfa el débil que no tiene fuerza, pero sí astucia– muy anteriores a la imprenta, y que sobreviven porque hay algo que tiene que ver con la raíz de lo humano que encontramos ahí.
¿Te gustaría ver algún cambio en la forma en que se promociona, distribuye y comunica la literatura infantil y juvenil en Chile?
Creo que escritores, ilustradores, editores, imprenteros, promotores, distribuidores y todos los involucrados en la existencia de los libros tenemos que hacer nuestro trabajo de la mejor manera posible. Porque nuestra tarea es que esos libros acompañen a niños y niñas en un mundo que los deja bastante solos. Claro que hay progresos en el tema de la infancia. Las condiciones materiales son innegablemente mejores. Hoy los niños y niñas en la mayoría de las escuelas chilenas están abrigados y reciben una buena alimentación y si sus padres no pueden o no tienen interés en comprarles libros, pueden acceder a ellos en las bibliotecas de sus escuelas. Pero en las salas de clases también hay un nuevo tipo de necesidades que no podemos desconocer: ansiedad, problemas de concentración, agresividad. No quiero decir que de ahora en adelante escribamos libros de autoayuda, sino que tratemos de hacer lo que hacemos de la mejor manera que podamos porque nuestros pequeños lectores realmente lo están necesitando.
Actualmente estamos en un escenario global complejo; guerras, xenofobia, auge de nacionalismos políticos, una creciente tecnocracia y un agudizado proceso de individualización, por nombrar algunas características de la sociedad contemporánea. ¿Hacia dónde crees que podría dirigirse la literatura infantil y juvenil en este contexto?
Creo que tenemos que decantar lo que está pasando, observar cómo se relaciona eso no con la violencia de los demás, porque esa violencia –la de los demás– es muy clara y criticable, sino con nuestra propia violencia. ¿Qué podemos hacer más allá de las críticas? No lo sé, pero es algo que me interesa pensar y hablar con los niños y niñas.
Por último, ¿hay algún libro de tu infancia que recuerdes con especial cariño? ¿Por qué?
Sí, Las Zapatillas Rojas de Hans Christian Andersen. Adoraba ese libro. Tal vez porque la protagonista cometía un error –obsesionarse con unas zapatillas que terminaban siendo una muy mala idea–. Y yo era una niña que también me equivocaba entonces creo que el libro de alguna manera me aliviaba, porque me hacía sentir que eso, equivocarse, era algo que no solo me pasaba a mí.